La necesidad de pensar qué plantear en este encuentro me llevó a reordenar algunas ideas y empiezo por algo bastante simple, aunque no por eso menor: cuando hablamos de La Izquierda Diario no estamos hablando solamente de una página, de una marca, de un sistema de medios, de un emprendimiento periodístico ni de un lugar donde publicamos notas. Estamos hablando de una herramienta política. Y de algo más: de una pelea. Una pelea por quién narra la realidad, por quién la interpreta, por quién le pone nombre a lo que vivimos, por quién le da voz a los conflictos que el poder quiere tapar, deformar o directamente borrar.
Porque una de las cosas que hace la dominación (y particularmente la ultraderecha actual) es justamente eso: te roba la palabra. Te roba el lenguaje. Te roba la narración de lo que te pasa. Hace que hablen por vos, que te expliquen tus propios problemas desde arriba, que te conviertan en objeto de encuesta, de zócalo, de editorial o de algoritmo. Y a veces hace algo más jodido todavía: no solo oculta el mundo, te fabrica otro. Borges “la vio” genial en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: ese cuento extraordinario en el que una ficción es tan consistente, tan trabajada, tan invasiva, que termina colonizando la realidad misma. Bueno, las clases dominantes hacen muchas veces eso. Construyen su Tlön cotidiano: un universo donde el ajuste es seriedad, el saqueo es eficiencia, la desigualdad es mérito, la obediencia es libertad y la barbarie viene vestida de modernización. Y si uno no tiene voz propia, si no tiene medios propios, si no tiene una fuerza capaz de nombrar lo que pasa desde abajo, termina discutiendo siempre dentro del idioma del adversario.
Y contra eso, la izquierda siempre necesitó, cuando estuvo a la altura, construir una voz propia.
Y esto no empezó con nosotros, por supuesto. Daniel Bensaïd lo cuenta muy bien en Una lenta impaciencia cuando recuerda la experiencia de Rouge, el diario de la Liga Comunista Revolucionaria francesa. Ahí apareció algo que me parece fundamental: la idea de que un medio de izquierda no es simplemente un boletín interno un poco más grande, ni un volante con más páginas. Es otra cosa. Es una mediación. Es una apuesta a intervenir sobre la realidad también desde el terreno de la palabra pública, del relato, de la información, de la agenda.
Rouge tuvo esa ambición. Quiso ser una prensa militante y al mismo tiempo una prensa viva, conectada con los grandes procesos y temas de su tiempo, capaz de dialogar con franjas más amplias que la propia militancia. Y ahí aparecieron todas las tensiones del asunto, que siguen siendo nuestras: ¿cómo hacés para ser un medio con posición política sin convertirte en una máquina de consignas? ¿Cómo hacés para tener urgencia militante sin perder calidad periodística? ¿Cómo hacés para hablarle a miles sin licuar lo que pensás? ¿Cómo hacés para no quedar encerrado en el pequeño universo de los convencidos?
En la Argentina también tuvimos experiencias de una enorme audacia y también de enormes contradicciones. Pienso en Noticias, ligado a Montoneros. Pienso en El Mundo, vinculado al PRT. Experiencias distintas, con estrategias distintas, con límites distintos, pero atravesadas por una misma intuición: que la izquierda, o el campo revolucionario en sentido amplio, no podía conformarse con ser comentario lateral de la historia. Tenía que disputar masivamente la palabra. Tenía que meterse en la conversación nacional. Tenía que pelear por la agenda, por el lenguaje, por la sensibilidad popular.
Y eso, dicho así, parece una obviedad. Pero no lo es. Porque buena parte de la izquierda, muchas veces, osciló entre dos tentaciones bastante malas. Una es la tentación del gueto satisfecho: hablar para los ya convencidos, escribir para los que ya piensan igual, hacer medios que más que intervenir confirman identidades previas. La otra es la tentación opuesta: pensar que para ser masivo hay que disolverse, bajar el volumen de las definiciones, pedir permiso, volverse digerible.
La historia de la prensa militante muestra que las dos cosas son un problema. Porque si te encerrás, no incidís. Pero si te adaptás por completo, dejás de ser necesario. Y si vas a repetir lo que ya dicen otros, pero un poco más prolijo, entonces no hace falta una prensa de izquierda: alcanza con cualquier editorialista progresista de ocasión.
Teoría y práctica
Y ahí, me parece, algunas tradiciones de la teoría crítica siguen ayudando bastante. Raymond Williams decía que los medios son medios de producción. Parece una frase sencilla, pero tiene una profundidad. Porque nos obliga a salir de una visión ingenua según la cual la comunicación sería simplemente el lugar donde “circulan ideas”. No: también ahí hay relaciones materiales. También ahí hay infraestructura, propiedad, tiempo de trabajo, tecnología, organización, recursos, distribución. La batalla cultural no ocurre en el aire. Ocurre en un terreno material. Se hace con equipos, con tiempo, con edición, con cuadros, con redes, con persistencia. No alcanza con tener razón: hay que tener con qué hacerla valer.
Stuart Hall, retomando a Gramsci, advertía sobre otra cuestión: la gente no recibe pasivamente los mensajes como si fuera una esponja. No hay una jeringa ideológica que inocula contenidos sobre sujetos vacíos. Los mensajes circulan en un terreno contradictorio: se negocian, se reinterpretan, se rechazan, se resignifican. ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Que hacer periodismo de izquierda no es gritar más fuerte. Es construir una relación. Es producir inteligibilidad. Es conectar con experiencias reales, con broncas reales, con preguntas reales. Es ser capaces de traducir conflicto social en lenguaje público.
Y Walter Benjamin, en “El autor como productor”, decía algo que sigue siendo muy actual: no alcanza con tener contenidos políticamente correctos; la cuestión es también transformar las relaciones de producción en las que esos contenidos se generan. Dicho más simple: un medio de izquierda no se define solo por lo que dice, sino por cómo se hace, cómo se organiza, qué comunidad produce, qué práctica colectiva habilita.
Porque si no, también en la izquierda podemos caer en una versión medio triste del periodismo: una pequeña elite iluminada que escribe para una audiencia pasiva a la que, con suerte, se le pide que comparta el link. Ese mecanismo, en sí mismo, es “burgués”.
Después hay algo que todos sabemos: en el capitalismo de plataforma, la mercancía no es solo el contenido, sino la audiencia misma: no solo consumimos información: somos consumidos. Nuestra atención, nuestros datos, nuestros hábitos, nuestros clics, nuestras emociones: todo eso es capturado y vendido. Entonces, la pelea por un periodismo de izquierda no es solo una pelea por “decir cosas de izquierda”. Es también una pelea por no entregar completamente la esfera pública al mercado de la atención, al chantaje del algoritmo, al reinado de la distracción permanente.
La famosa crisis del periodismo
Y esto nos lleva a la crisis actual del periodismo. Se habla mucho de su crisis como si fuera una crisis moral: como si el problema fuera que antes había buenos periodistas y ahora hay malos; que antes había profesionalismo y ahora hay clickbait. Algo de eso puede haber. Pero el problema es más hondo. La crisis del periodismo es una crisis estructural. Tiene que ver con la concentración económica, con la captura de la publicidad por las plataformas, con la precarización del trabajo, con la destrucción de mediaciones más estables, con la subordinación creciente del contenido a la lógica de la circulación instantánea.
Y además, hay un problema de legitimidad. Millones ya no creen en los grandes medios, y con razón. Ahora bien: esa crisis de credibilidad puede tener dos salidas. Una salida reaccionaria, que es la de la ultraderecha: “todo es mentira, nada importa, cualquier delirio vale lo mismo”. O una salida emancipatoria: la construcción de medios que recuperen confianza no porque finjan neutralidad, sino porque dicen desde dónde hablan y hablan en serio.
Y ahí aparece una oportunidad enorme para una experiencia como la nuestra. Porque junto con la crisis del periodismo comercial hay una necesidad gigantesca de interpretación. La gente no solo necesita enterarse de cosas. Necesita entenderlas. Necesita ordenarlas. Necesita conectarlas con su propia experiencia. Necesita saber qué hay atrás de lo que le pasa. Necesita una voz que no le mienta en nombre de la objetividad falsa, tampoco la trate como si ya supiera todo ni le agite sin explicarle nada.
Y en ese punto, para mí, la experiencia de El Círculo Rojo es muy importante. Porque mostró que la izquierda no está condenada a hablar bajito, ni a circular por los márgenes, ni a contentarse con el aplauso de los propios. Mostró que incluso en una radio comercial, en un terreno que parece preparado para que siempre ganen los mismos, una propuesta con identidad de izquierda, con calidad periodística, con lectura política de la coyuntura, con personalidad, puede crecer, puede pegar un salto de audiencia y puede convertirse en referencia. Le ganamos a Romina Manguel en reproducciones todos los meses.
Y eso me parece clave decirlo: no fue creciendo a pesar de tener identidad, sino gracias a tenerla. Fue por lo contrario: porque había una voz, había una perspectiva, había una capacidad de leer la coyuntura sin repetir el cassette.
Desafíos
Ahora bien: no conviene idealizar nada. Porque los desafíos son enormes. El primero, para mí, es ser rápidos sin volvernos superficiales. Hoy todo empuja a la velocidad, a opinar ya, a publicar ya, a reaccionar ya. Y muchas veces hay que hacerlo. Pero si un medio de izquierda se convierte en una máquina de reflejos, en una especie de loro ansioso del minuto a minuto, perdió una parte esencial de su razón de ser. Nosotros no estamos para correr detrás de la agenda del sistema como comentaristas indignados. Estamos para intervenir sobre ella, para desarmarla, para reordenarla, para mostrar lo que deja afuera. Y para tratar de hacer deseables determinadas ideas o determinados objetivos. Vuelvo a Stuart Hall que decía: a las ideas malas no se las combate con el enojo contra las ideas malas, se las combate con ideas mejores. Hay una necesidad de reafirmación y renovación de las ideas de izquierda (sin perder radicalidad) que es parte de nuestra “batalla cultural”. Reafirmar la propia perspectiva, volverla cautivante y deseable. Había una confianza en la propia perspectiva que habitaba en los clásicos que era muy seductora: “Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud”, escribió Trotsky en su testamento cuando faltaba poco para que lo mataran, cuando le habían asesinado a toda la familia, cuando estaba perseguido por todos lados y en la media noche del siglo.
El segundo desafío es ser partidarios sin ser sectarios. Una cosa es tener posición, y otra es escribir como si cada nota fuera un panfleto. En eso LID avanzó mucho, aunque tiene que trabajar más.
El tercer desafío es ser masivos sin volvernos banales. Porque la masividad mal entendida te lleva a la adaptación, a la búsqueda del impacto sin espesor, a la lógica de la ocurrencia, a la idea de que si algo no entra en veinte segundos no vale. Y nosotros no podemos regalarle la complejidad al enemigo. Hay que ser claros, sí. Legibles, sí. Ágiles, sí. Pero sin resignar densidad, memoria, contexto, teoría, archivo, interpretación.
El cuarto desafío es ser realmente colectivos. Porque el capitalismo de plataformas te empuja todo el tiempo hacia la lógica del nombre propio, de la marca personal, del influencer, del periodista-yo, del pequeño emprendedor de sí mismo. Y una experiencia como la nuestra tiene que ir en sentido contrario. Ahora, al mismo tiempo que digo esto, planteo que eso no significa renunciar a encontrar tu propia voz, a aportar desde tu propia sensibilidad, tu propia perspectiva y ganarse una autoridad en el debate público. Eso cuesta trabajo; se logra con persistencia y con prepotencia del trabajo. Y eso enriquece a todos. Porque muchas veces se dice “no hay que preocuparse tanto por el nombre propio” para que los “nombres propios” sigan siendo siempre los mismos. Con eso diría como el Che, “por uno, dos, mil nombres propios”. No negar las voces, no borrar las singularidades, pero sí inscribirlas en algo más grande. En una práctica colectiva. En una comunidad. En una estructura que las haga posibles y que, a la vez, sea más importante que cada personalidad individual.
Y el quinto desafío, quizá el más importante de todos, es la autonomía material. Porque no hay independencia editorial sin plata. Digámoslo sin vueltas. No hay independencia editorial sin recursos. No hay voz autónoma sostenida en el tiempo si dependés de las mismas fuentes de financiamiento que estructuran el periodismo del capital.
Y acá aparece la importancia de sostener una “empresa” colectiva como La Izquierda Diario. Yo sé que la palabra “empresa” puede sonar rara en este contexto. Y eso requiere dinero. Requiere tiempo. Requiere compromiso. Requiere comunidad organizada. Requiere que cada uno entienda que aportar, sostener, asociarse, difundir, no es hacer beneficencia para que exista una página simpática de izquierda. Es otra cosa. Es hacerse cargo de que una voz autónoma no cae del cielo. Se construye. Se financia. Se banca.
Y hoy, en una época de ruido permanente, de cinismo, de fragmentación, de ultraderecha desatada, de capital concentrando no solo riqueza sino también visibilidad, infraestructura y atención, necesitamos más que nunca periodismo militante de izquierda. No como pieza de museo. No como tribuna para convencidos. No como aparato de autobombo. Lo necesitamos como herramienta de combate intelectual, como espacio de elaboración colectiva, como lugar donde las luchas se narran desde adentro y no desde el dron de TN, como escuela de cuadros, como archivo vivo, como red, como apuesta a que los de abajo no solo peleen, sino que también puedan darle nombre a su propia pelea.
Por eso esta comunidad importa. Porque financiar, leer, discutir, compartir, hacer crecer La Izquierda Diario es una parte de la pelea. Es decidir que exista una voz no domesticada por el mercado ni por el Estado. Una voz capaz de intervenir en la coyuntura y también de formar; de denunciar y también de explicar; porque no de emocionar y también de organizar.
Y en esta época, donde te quieren convencer de que todo da lo mismo, de que toda palabra está comprada, de que todo termina absorbido por el mercado, sostener una voz propia, colectiva, de izquierda, masiva y rigurosa no es poca cosa. Es, en sí mismo, un acto de resistencia. Y también, si sabemos hacerlo crecer, una promesa de futuro.
