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Norita Cortiñas, hasta la victoria, siempre en lucha

Nunca supo qué hizo la dictadura con su hijo Carlos Gustavo Cortiñas. En 1952 nació el primer hijo de la familia, Carlos Gustavo. Después, en 1955, llegó Marcelo. A su hijo mayor lo llamaba por su segundo nombre, Gustavo. Esa ausencia —la imposibilidad de saber— no solo marcó su vida: la empujó a transformarla por completo.

Una vida atravesada por la desaparición

Gustavo estudiaba —después de un paso por la Universidad de Morón— en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Militaba en la Juventud Peronista (JP). En los primeros tiempos, lo hizo en la Villa 31 junto al Padre Carlos Mugica. Gustavo cumplió 22 años el 11 de mayo de 1974. Ese día estaba triste y no quiso festejos: la Triple A había acribillado al sacerdote.

El 15 de abril de 1977, Gustavo salió para el trabajo. Nunca llegó. Tampoco se encontró con Ana –su pareja, con quien tenían un nene de dos años– como habían convenido. Con el tiempo, se supo que a él se lo habían llevado de la estación Castelar. Nora no dudó y salió a buscarlo. Con su marido, se acercaron a los organismos de derechos humanos que ya estaban funcionando, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).

Un cuñado le habló de unas mujeres que se reunían frente a la Casa de Gobierno. Hacia allá fue ella. Llegó por primera vez a la Plaza de Mayo en mayo de 1977. Nunca la abandonó –ni con el terror que provocaron los secuestros de Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco en diciembre de ese año.

En la Plaza de Mayo, eran “las locas” para la dictadura. Las locas que caminaban, lloraban, se sostenían aunque se desplomara el cielo. “El público que pasaba por la Plaza de Mayo muchos años no nos vio –contó años antes en una entrevista con la Biblioteca Nacional. Éramos invisibles. Nadie se acercaba a preguntar qué hacíamos ahí”.

De ama de casa a militante

Norita nunca pensó su historia como algo cerrado en el pasado. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil no eran solo memoria: eran presente. Es que Norita nunca entendió la lucha por su hijo Gustavo y por los 30 mil como algo del pasado o como algo que debía ser ajusticiado y nada más. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.

Fue a ella a quien en 2002 el entonces gobernador bonaerense Solá le dijo que Maximiliano Kosteki y Darío Santillán habían muerto porque los piqueteros “se mataron entre ellos”. Su testimonio fue central en el proceso penal que aún se les sigue a los responsables políticos de la Masacre de Avellaneda.

Fue ella la que marchó por los “nuevos” desaparecidos, los de esta democracia para ricos. Junto a Adriana Calvo, Myriam Bregman y demás referentes exigió en 2006 la aparición de Julio López y nunca dejó de denunciar el encubrimiento de la Policía Bonaerense por parte de todos los gobiernos. Lo mismo hizo en 2009 por Luciano Arruga, en 2011 por Daniel Solano, en 2017 por Santiago Maldonado, en 2020 por Facundo Castro y Luis Espinoza. Y por tantos otros.

Nora estaba alejada de las cuestiones partidarias. El epicentro de su vida era la casa de la familia en Castelar. A su marido no le gustaba que su esposa trabajara fuera del hogar. Era muy “machista”, relataba ella. “Yo fui criada con una matriz machista”, afirmaba Norita, que a los 19 años estaba casada, era ama de casa y modista. Recordaba risueña los enojos de Carlos, su marido: “¿Qué tiene que hacer una Madre de Plaza de Mayo en un taller sobre sexualidad?”.

Con el tiempo, esa mujer que había sido formada en esos mandatos fue transformándose. La búsqueda de su hijo la llevó a la calle, a la organización, a la palabra pública. Y también la fue acercando a otras luchas. Así se fue haciendo feminista y se impuso como una suerte de referencia para nuevas generaciones, incluso como una figura reconocida dentro de la marea verde.

Una lucha que no terminó

Cuando Alberto Fernández relativizó el genocidio perpetrado en Argentina, hablando de “inconductas” de algunos militares y pidiendo “dar vuelta la página, Norita no dudó en cuestionar al Frente de Todos. Norita le dijo entonces a este diario que el del Presidente fue un claro “gesto negacionista”, que las Madres iban a seguir “en las calles reclamando por Memoria, Verdad, Justicia” y que Alberto, puesto allí por designio de Cristina Kirchner, “nunca estuvo vinculado a la defensa de los derechos humanos”. También denunciaría lo mugriento que resultaba tener de ministros a personajes como Felipe Solá a nivel nacional o Sergio Berni en la provincia de Buenos Aires.

Nunca dejó de denunciar el negacionismo y las propuestas de reconciliación con los genocidas. El 19 de diciembre de 2023 tuvo una de sus últimas apariciones en público. Javier Milei y Victoria Villarruel llevaban nueve días en la Casa Rosada. En la Cámara de Diputados la bancada del Frente de Izquierda, encabezada por Myriam Bregman, había convocado a legisladores, referentes de derechos humanos, sindicales, sociales y políticos a una audiencia pública para denunciar la ilegalidad de las políticas de Patricia Bullrich englobadas en su “Protocolo de Orden Público”. Y allí fue Norita.

“Una cosa que me obsesiona es que de una vez por todas echemos al Fondo Monetario Internacional a patadas en el culo”, dijo en aquella audiencia en 2023. De igual manera había repudiado el acuerdo con el FMI firmado en 2022 por el gobierno peronista. “La historia siempre señalará a los traidores que votaron ese pacto”, sentenció sin perder su calma.

En una de las tantas conversaciones con este diario, Norita le dijo a nuestra compañera Andrea López que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Ése es el gran compromiso que tenemos, reivindicar las luchas que hubo, hay y habrá para hacer de este mundo un lugar que merezca ser vivido, donde quepamos todos y todas, que esta vida merezca ser vivida”.

La lista de luchas en las que Norita no dejó de estar es interminable. Su solidaridad se hizo fuerte con los despedidos de PepsiCo y con los de Lear. Con los obreros de Donnelley que ocuparon la gráfica de Garín tras la huida de la patronal y la pusieron a producir bajo el nombre de Madygraf, al igual que con los ceramistas de Zanon de Neuquén. Con los mineros de Río Turbio y con los ferroviarios tercerizados del AMBA.

La misma coherencia con la que se solidarizaba tanto con los qom y wichí en el norte como con los mapuche en el sur era la que la llevaba a denunciar el ataque del Estado contra quienes reclaman una vivienda en las grandes urbes. Así lo hizo ante el violento desalojo en Guernica por parte del gobierno de Axel Kicillof, Berni y Larroque. Y también ante el violento desalojo en la Villa 31 por parte del gobierno porteño de Horacio Rodríguez Larreta.

Podríamos seguir hasta el infinito: Siempre Norita presente.

En una de las tantas conversaciones con este diario, Norita le dijo a nuestra compañera Andrea López que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Ése es el gran compromiso que tenemos, reivindicar las luchas que hubo, hay y habrá para hacer de este mundo un lugar que merezca ser vivido, donde quepamos todos y todas, que esta vida merezca ser vivida”.

“Salgamos a las calles a reclamar con una sonrisa y no con cara de amargados”, era el grito de vida que nos dejó Nora y por lo cual estará siempre presente. “Pensarán ‘pobre madre, mirá las ilusiones que tiene todavía’. Pero no. Vamos a triunfar, no pasarán, seguiremos adelante, creciendo como el país que soñaron los 30 mil”.

Su vida se vuelve un ejemplo a seguir para aprender, continuar sus pasos y luchar inclaudicablemente como lo hizo ella. Como decías vos, Norita, “¡hasta la victoria siempre, venceremos!”

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