Un repaso por la gestión kirchnerista y el mileísmo actual, entre anécdotas de financiamiento político y críticas a la corrupción, con foco en figuras como Néstor Kirchner y Javier Milei.
La concepción recaudatoria del poder y «la chiquilinada de monetizar la presidencia» son temas que resurgen en el debate político argentino. Un político con experiencia confirmó que «si se resistía a cobrar la Manuela» —así llamada porque se entregaba «en mano»—, la cadena de la felicidad se distribuía entre los selectivos integrantes del bloque.
Otro episodio recuerda a un aventurero que se presentó para gobernar su provincia y fue directamente a Olivos para pedirle dinero al entonces presidente Néstor Kirchner, apodado «El Furia», quien le dio «al toque medio palo verde» con la advertencia: «Que no se entere Cristina, ¿entendiste?» (la entonces senadora carecía de adicción al choreo, según la anécdota).
Se analiza la interpretación patológica del «riesgo kuka» y las consecuencias residuales del kirchnerismo como subproducto del peronismo. Se sostiene que tomar a Néstor Kirchner solo como «líder de culto» o solo como delincuente es un error; el objeto de estudio concentraba simultáneamente ambas categorías.
La concepción recaudatoria del poder equivale a «la chiquilinada de monetizar la presidencia» durante el mileísmo vigente, a través de «chiquilines marginales» como Javier Milei, «El Tertuliano». Se contrasta la actitud de Kirchner —que «mientras la juntaba, conducía» y requería contribuciones «para la política»— con la de Milei, que va por los sueldos.
Entre 2003 y 2007, Argentina vivió una fiesta cotidiana en materia de crecimiento y circulación. Se imaginaban con 20 años de poder, como se deliraba hasta ayer con los 16 años de mileísmo. Se sugiere que la próxima disrupción probablemente es la normalidad, con un sucesor de pelo prolijo y traje gris.
Kirchner se creía impune, anunciaba proyectos en la Rosada y condenaba la «corrupción menemista». Sin embargo, algunos críticos descubrieron que los pecadores furtivos del menemismo habían sido comparativamente filántropos frente a los operadores kirchneristas, considerados maestros superiores de la metodología.
Brotan anécdotas disparatadas que derivaron en la tobillera humillante que padece Cristina Fernández de Kirchner, mientras probablemente percibe que «su lugar en el mundo dejó de ser El Calafate». «Si Néstor viviera no estaría preso», se dice, y se apunta a la misoginia de la justicia que reproduce su encierro.
Por su parte, Javier Milei mantiene un presente contradictorio. Los marginales asoman como un riesgo impreciso de tobillera. El «mejor gobierno de la historia» se instala en la plenitud de la incertidumbre. Esta vez, su hermana Karina, «La Guantanamera», tampoco le garantiza la protección tradicional. El final está espantosamente abierto.
