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El negocio del odio y la amistad política en el fútbol y las plataformas digitales

Un análisis sobre cómo los algoritmos, las apuestas y la economía de la atención transforman el deporte en una disputa geopolítica, y cómo la hostilidad hacia la selección argentina durante el Mundial revela tensiones políticas y raciales en América Latina.

Lo que ocurre en la cancha importa, pero también lo que sucede en las plataformas digitales, donde algoritmos, mercados de apuestas y economías de la atención transforman el deporte en una disputa geopolítica por nuestras emociones. La desinformación, las campañas de desprestigio y la circulación masiva de estereotipos son parte de su modelo de negocios.

En ese escenario, la hostilidad que rodeó a la selección argentina fue in crescendo a medida que avanzaba el mundial y las demás selecciones latinoamericanas iban quedando afuera. Este fenómeno revela un problema político: la facilidad con la que los pueblos latinoamericanos somos inducidos a mirarnos desde el prejuicio antes que desde una historia compartida.

Resulta especialmente preocupante que discursos nacidos de las luchas antirracistas y anticoloniales sean, en ocasiones, capturados para reducir sociedades enteras a identidades homogéneas, identificando a la Argentina con el proyecto político de su actual gobierno o atribuyendo a toda una comunidad nacional rasgos esenciales como el racismo o el sionismo. Esa operación no solo desconoce las profundas disputas que atraviesan la sociedad argentina y las particularidades de su historia; también debilita la posibilidad de construir una conversación latinoamericana basada en el conocimiento mutuo y no en los estereotipos.

Cuando la crítica legítima al racismo se convierte en un señalamiento genérico contra “los argentinos”, el gesto empieza a parecerse peligrosamente a la xenofobia que dice combatir. Incitar al odio hacia un país entero aunque se lo haga en nombre del antirracismo no es lo mismo que denunciar el racismo estructural real, y confundir ambas cosas termina alimentando exactamente la lógica de fragmentación que las plataformas necesitan para lucrar.

Si las plataformas obtienen ganancias de nuestra fragmentación y nuestras emociones fuertes, quizás la tarea política de este tiempo consista en hacer exactamente lo contrario: recuperar una imaginación latinoamericana capaz de discutir nuestras diferencias sin convertirlas en acusaciones cruzadas y posiciones irreductibles. Porque ningún algoritmo, ninguna campaña de odio y ningún gobierno deberían tener la última palabra sobre la posibilidad de reconocernos como parte de un mismo horizonte regional.

El racismo argentino realmente existente aparece en la conversación cada vez que se constata en un mundial que en la selección nacional, a diferencia de otros equipos latinoamericanos, no se observan rostros de personas visiblemente afrodescendientes. Pero este alegato sobre el racismo argentino no permite pensar en otras aristas del proyecto racista que se viven en el país día a día y desde la colonia.

Para comprender por qué la Argentina ocupa un lugar tan singular en las discusiones globales sobre racismo es necesario volver sobre la forma en la que imaginó su propia nación. En la época colonial un sistema de castas ubicaba a los indígenas y africanos esclavizados en lo más bajo de la pirámide. El proceso independentista dio un salto en esta lógica y en la Asamblea del Año XIII impulsó medidas abolicionistas como la libertad de vientres y la prohibición de la trata esclavista. Sin embargo, algunas décadas después, las élites políticas construyeron un proyecto nacional que estableció una gramática política: civilización (blanca) o barbarie (pobre, negra e indígena).

Un momento decisivo fue el proyecto nacional de la Generación del 80. El ideal de “orden y progreso” fue un programa económico y una política de producción de identidad. La inmigración europea fue promovida como fundamento de la nación moderna, mientras la Campaña del Desierto consolidaba el despojo y el exterminio de los pueblos indígenas. Al mismo tiempo, la presencia afroargentina era progresivamente borrada.

En la memoria colectiva conviven la vergüenza del niño indígena que apenas habla español en la escuela normalizadora con estrategias literales de blanqueamiento. Así se fue consolidando un relato que todavía hoy sobrevive en frases como “los argentinos descendemos de los barcos” o “en Argentina no hay negros, y por lo tanto no hay racismo”.

Reducir el racismo argentino a la pregunta por la ausencia de afrodescendientes es una simplificación que oculta su forma más cotidiana y masiva de operar: la clase. En la Argentina el dispositivo racial teje raza y clase en una misma categoría social. La figura del “cabecita negra” —acuñada para estigmatizar a los migrantes internos del interior del país, morenos y pobres, que llegaban a Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX— es el ejemplo más nítido: no describe un color de piel específico sino una posición social racializada.

Esa misma matriz se proyecta hoy sobre los migrantes de países limítrofes. El insulto cotidiano contra paraguayos y bolivianos —naturalizado en el lenguaje coloquial, en el humor, en la política migratoria y en la distribución desigual del trabajo precario— es probablemente la forma de racismo más extendida y menos discutida en la Argentina contemporánea.

El fútbol condensa esas tensiones. No se perciben rostros o apellidos asociados a la diáspora africana en el equipo nacional, pero eso no significa que la herencia africana esté ausente de la historia de esos cuerpos ni de la historia argentina. Al mismo tiempo, en esos cuerpos futbolísticos también puede leerse la Argentina indígena y marrón que persiste en los rasgos, los gestos y las genealogías familiares.

Allí aparece otra paradoja: muchos de esos cuerpos no se autorreconocen descendientes de pueblos indígenas, incluso cuando sus trayectorias familiares remiten a esa historia. Tampoco se pronuncian públicamente sobre el racismo, el genocidio o cualquier injusticia social. Ese silencio colectivo termina opacando a quienes sí ejercen lo político públicamente.

El Censo Nacional de 2022 ofrece una imagen elocuente de esa tensión. Apenas alrededor del 2,9 % de las personas se reconoció indígena o descendiente de pueblos indígenas, mientras que solo 0,7 % se identificó como afrodescendiente o con antepasados negros o africanos. Estas cifras hablan menos de la composición étnica de la sociedad argentina que de la persistencia de un relato nacional que promovió el ideal de una Argentina blanca y europea.

La comunidad afroargentina sobrevivió al proyecto de blanqueamiento, aunque el Estado y la cultura dominante se esforzaron durante generaciones en volverla invisible. A esa comunidad histórica se sumó, sobre todo desde fines del siglo XX, una nueva afrodescendencia migrante: senegaleses, caboverdianos, nigerianos y otros migrantes africanos que hoy trabajan y viven en distintas ciudades argentinas, y que suelen enfrentar una combinación particularmente dura de racismo y xenofobia.

Y a pesar de la invisibilización estadística, el activismo afroargentino tiene una historia y una organización concreta. África Vive, fundada por Miriam Gomes, es una de las organizaciones históricas del movimiento; Agrupación Xangó, presidida por la docente Marcela Lorenzo, trabaja la afrodescendencia desde el aula; el Bloque Antirracista de Rosario, con Natacha Giusto Laureano, logró que ese municipio adhiriera a la Ley 26.852 e integra el Área de Género 8N; y dentro de la CGT, la Comisión Afrodescendiente y Antirracista de la Asociación de Personal Legislativo, impulsada por Tamara Barbará, construyó un observatorio contra el racismo.

Hay otro punto ciego en la conversación sobre racismo y Mundial, y aparece cuando se compara a la selección argentina con selecciones europeas que exhiben plantillas con muchos jugadores negros e hijos de inmigrantes, como Francia, Inglaterra o España. La lectura rápida es que esos países ya resolvieron su racismo, mientras que Argentina sigue “blanca” y por lo tanto atrasada. Para desarmar ese espejismo se recupera la categoría de colonialidad del poder que propuso el sociólogo peruano Aníbal Quijano.

Quijano sostiene que la raza no es un dato biológico sino una clasificación social inventada junto con la conquista de América, que organizó desde entonces la división internacional del trabajo y la distribución global de la riqueza. Esa estructura —la colonialidad del poder— no terminó con las independencias formales ni con la descolonización del siglo XX: se reproduce hoy en las jerarquías económicas y culturales entre el norte y el sur global.

Desde esa perspectiva, que una selección europea tenga jugadores negros no dice mucho sobre si esa sociedad superó el racismo; dice, sobre todo, que esos países fueron y en gran medida siguen siendo metrópolis coloniales. Francia, Inglaterra y España concentraron durante siglos el saqueo de territorios en África, Asia, el Caribe y América. Los jugadores negros de esas selecciones son, en muchos casos, hijos y nietos de esas mismas historias de colonización y migración forzada.

Las semifinales del Mundial ofrecen una escena cargada de información geopolítica. Mientras Argentina —único país del sur, colonizado, dependiente y gobernado por una derecha racista— jugará con una plantilla que expone toda la complejidad racial de la historia nacional pero a los ojos del mundo se lee como “blanca”; las selecciones europeas, que hasta hace pocas décadas eran casi enteramente blancas, llegaron a 2026 con protagonismo de futbolistas negros e hijos de inmigrantes, al mismo tiempo que se fortalecen las políticas antiinmigración en esos países.

En el fútbol persisten cantos, bromas y formas de sociabilidad que reproducen imaginarios racistas, machistas y homofóbicos y que no pueden ser desestimados como mero folclore. Deben condenarse y señalarse sin apelar a la construcción de una imagen igualmente simplificadora: la de una Argentina esencialmente blanca, racista y homogénea. Esa reducción también despolitiza: la historia desaparece y la conflictividad interna queda borrada.

El DT de la selección argentina, Lionel Scaloni, dijo que el partido entre Inglaterra y Argentina «es solo un partido de fútbol»; pero para los y las argentinas, en ese partido se juega una memoria que liga el recuerdo fresco de la Guerra de Malvinas con el deseo de reeditar el famoso gol con la mano de Diego Maradona en el 86′ en el primer partido de Messi contra el país británico.

Hace unos días, un joven afrobrasileño publicó un video con una consigna inesperada: “Hacete un amigo argentino”. La invitación no era a suspender las diferencias ni a dejar de discutir nuestros racismos, nuestras desigualdades o nuestras historias nacionales. Era dejar de conocernos a través de los algoritmos y volver a conocernos a través de nuestros pueblos: la comida, la música, la lengua, el juego.

En Argentina escritoras feministas propusieron tomar el concepto de “amistad política” para nombrar la decisión de producir confianza allí donde el poder necesita sembrar competencia, sospecha y aislamiento. Quizás hoy ese concepto pueda ayudar a pensar también una amistad política latinoamericana que permita recuperar la capacidad de mirarnos con curiosidad antes que con sospecha y con solidaridad antes que con resentimiento.

La integración latinoamericana nunca fue solamente un proyecto económico o diplomático. También fue un proyecto afectivo. Consiste en reconocernos como pueblos atravesados por historias distintas pero enlazadas por una misma experiencia colonial, por desigualdades compartidas y por un horizonte común de justicia.

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