Pablo Scarabotti, investigador del Conicet y la UNL, expuso en el Primer Congreso Argentino de Ictiología que los pulsos de inundación favorecen la supervivencia de larvas de especies como el sábalo, el dorado y el surubí. El río Paraná registra una tendencia creciente y se prevén niveles de 4,92 metros para el 3 de noviembre.
Las crecientes del río Paraná, que pueden generar anegamientos en zonas ribereñas, cumplen una función en la reproducción de peces de interés comercial. Pablo Scarabotti, doctor en Ciencias Biológicas, investigador del Conicet y docente de la UNL, explicó durante el Primer Congreso Argentino de Ictiología que las especies que integran las pesquerías de la zona de Santa Fe tienen una dinámica reproductiva ligada a los pulsos de inundación.
“Las especies que integran las pesquerías de acá de la zona de Santa Fe —sábalo, dorado, surubí, patí, boga— tienen una dinámica reproductiva íntimamente ligada a los pulsos de inundación”, señaló Scarabotti en una entrevista realizada en el marco del congreso, que se desarrolló del 18 al 21 de octubre de 2026 en la ciudad de Santa Fe.
Según el investigador, las crecientes extraordinarias permiten que las larvas de peces ingresen a la llanura aluvial, donde encuentran ambientes protegidos, vegetación y alimento. Esa combinación aumenta sus posibilidades de supervivencia y contribuye a sostener las poblaciones que, años después, forman parte de las pesquerías regionales.
Scarabotti detalló que los pulsos de inundación en esta zona pueden presentarse con intervalos de entre dos y siete años, aproximadamente, y están vinculados en buena medida con los fenómenos de El Niño. Los peces migratorios que habitan la cuenca evolucionaron y se adaptaron a esa dinámica. Como tienen una vida relativamente larga —pueden vivir entre 10 y 20 años—, disponen de varias oportunidades reproductivas durante su existencia.
“Estas especies están adaptadas a percibir la llegada de una creciente extraordinaria o de un repunte”, explicó. Cuando el nivel del río comienza a subir, “maduran las gónadas, se produce el desove y los huevos son fecundados en la corriente”. Luego, los huevos derivan aguas abajo durante dos o tres días, hasta transformarse en larvas. Cuando el río desborda y conecta los cauces con las lagunas y los bañados, esas larvas pueden ingresar a la llanura aluvial, donde encuentran mejores condiciones para desarrollarse. “Una vez que ingresan ahí, tienen un lugar al reparo con refugios donde hay vegetación, están muy protegidos de los depredadores y además tienen mucha abundancia de alimento”, describió el biólogo.
Durante sus primeras etapas de vida, las larvas se alimentan de zooplancton y, posteriormente, de materia orgánica en descomposición acumulada en los fondos. La disponibilidad de estos recursos, sumada a la presencia de vegetación acuática y zonas de escasa profundidad, convierte a esos ambientes en áreas de cría. “Un sábalo puede desovar hasta 1 millón de huevos”, precisó Scarabotti. Por eso, incluso un incremento relativamente pequeño en la proporción de huevos y larvas que sobreviven puede producir un efecto significativo sobre la población adulta.
El escenario cambia cuando el río permanece bajo durante mucho tiempo, como ocurrió entre 2019 y 2022. Aunque los peces pueden desovar, las larvas no logran ingresar a los ambientes laterales que necesitan para desarrollarse. “Si el río está bajo —una bajante extraordinaria como la que tuvimos prácticamente de 2019 a 2022—, estos peces igual desovan y las larvas siguen derivando por los canales, pero no entran en la llanura aluvial”, explicó. En esas condiciones, las crías quedan más expuestas a los depredadores y tienen menos acceso a refugios y alimento. Como consecuencia, la supervivencia puede ser extremadamente baja y una generación entera puede quedar prácticamente ausente de las capturas de los años siguientes.
En cambio, las generaciones nacidas durante períodos de inundación favorable pueden sostener la actividad pesquera durante mucho tiempo. “De hecho, todavía estamos pescando los peces de la creciente extraordinaria de 2016, que fue el último gran fenómeno del Niño”, señaló. El investigador indicó que los efectos de una creciente favorable no se reflejan de manera inmediata en las capturas, sino que se manifiestan con un desfase de varios años. “Los biólogos pesqueros saben que cuando hay un fenómeno del Niño, dos o tres años después empieza a mejorar de manera importante la pesca, y ese fenómeno nos mantiene la pesquería durante prácticamente 5 a 10 años”. Por ese motivo, consideró que el manejo pesquero debe pensarse con una perspectiva de largo plazo.
Los ambientes que describió Scarabotti forman parte de la llanura aluvial del Paraná. Las islas ubicadas entre Santa Fe y Paraná, sus cauces secundarios, lagunas, bañados y esteros integran ese sistema. “Todo lo que vemos dentro de una isla podemos considerarlo como llanura aluvial”, explicó. Cuando estos territorios se inundan, se forman espacios de aguas poco profundas, con vegetación como camalotes, carrizos y canutillos, que ofrecen las condiciones necesarias para el desarrollo de los peces juveniles.
El mantenimiento de esos ambientes resulta importante. “Si esos hábitats no existen, si terraplenamos los ríos o desconectamos las lagunas, el río empieza a morir poco a poco”, advirtió. En ese sentido, remarcó la necesidad de preservar la conexión entre los cauces y los ambientes laterales. El aislamiento de lagunas, la pérdida de vegetación y la transformación de las áreas inundables pueden reducir los espacios disponibles para la reproducción y la cría, incluso cuando se producen crecientes. También importa la época del año: las inundaciones de primavera y verano suelen ser especialmente favorables para los procesos reproductivos. “Necesitamos esa diversidad de hábitat e islas que se conecten e inunden para sostener la pesca”, sintetizó.
El impacto de los pulsos de inundación no se limita a los peces de interés comercial. De acuerdo con Scarabotti, la conexión entre el río y la llanura aluvial incrementa la superficie del ecosistema y favorece el ingreso y la circulación de energía y nutrientes. “Muchas otras especies se benefician: desde algas, zooplancton e invertebrados hasta plantas acuáticas, todo crece, florece y aumenta, ayudando a mantener la biodiversidad del sistema”, explicó.
El planteo del investigador coincide con un escenario de calentamiento del Pacífico ecuatorial. El informe de octubre del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) señala que las condiciones corresponden a una fase de El Niño de fuerte intensidad y que existe una probabilidad del 100% de que el fenómeno persista y continúe intensificándose durante el trimestre octubre-noviembre-diciembre de 2026. En paralelo, el río Paraná registra una tendencia creciente en el tramo santafesino. El último pronóstico del Instituto Nacional del Agua (INA), actualizado el 20 de octubre, estima que el nivel en el puerto de Santa Fe alcanzaría los 4,56 metros el 27 de octubre y los 4,92 metros el 3 de noviembre. Se trata de valores superiores a los habituales para la época, aunque por debajo de los niveles de alerta y evacuación establecidos para la capital provincial. En Santa Fe, el nivel de alerta se ubica en 5,30 metros y el de evacuación, en 5,70 metros. Estas proyecciones pueden modificarse con la evolución de los aportes de agua y las condiciones meteorológicas de la cuenca.
Para Scarabotti, entender esa dinámica es indispensable para reducir los daños y tomar decisiones sobre el territorio. “La inundación, más allá de que nos perjudique a nosotros como humanos, es una dinámica natural del río y no una catástrofe; es un ciclo natural”, sostuvo. El investigador planteó que la respuesta no debe consistir en intentar suprimir todos los procesos naturales, sino en desarrollar formas de habitar que contemplen las características del ambiente, por ejemplo mediante viviendas elevadas en las zonas donde corresponda o evitando ocupar áreas de riesgo. “Así como en invierno hace frío y en verano hace calor, el río tiene períodos de crecientes extraordinarias y como seres humanos tenemos que saber adaptarnos y respetar esas crecientes, no tratar de controlar la naturaleza porque ese es el gran error”, afirmó. En esa tarea, remarcó la importancia de sostener la investigación científica y la formación universitaria. “Para entender la naturaleza es necesaria la ciencia, y para eso hay que mantener las universidades y el CONICET en funcionamiento”, concluyó.
La entrevista se realizó durante el Primer Congreso Argentino de Ictiología, desarrollado del 18 al 21 de octubre en la ciudad de Santa Fe bajo el lema “Conocer, desarrollar y conservar en tiempos de crisis”. El encuentro marcó una nueva etapa para la disciplina en el país: después de ocho ediciones como Simposio Argentino de Ictiología, el crecimiento de la actividad científica y la diversidad de temas abordados impulsaron su transformación en un congreso. La agenda incluyó estudios sobre la influencia de la dinámica hidrológica en la biodiversidad, además de taxonomía, clasificación y descubrimiento de nuevas especies, biología molecular, genética, fisiología, pesquerías, acuicultura, toxicología y contaminación.
