En octubre de 1977, el entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio disertó en el Museo Rosa Galisteo sobre la presencia de la Compañía de Jesús en las misiones. La actividad se enmarcó en una exposición de arte misionero y una retrospectiva de Leónidas Gambartes.
Entre 1964 y 1965, Jorge Mario Bergoglio vivió en Santa Fe, donde se desempeñó como maestrillo y profesor de Lengua y Literatura en el Colegio Inmaculada Concepción. En octubre de 1977, ya como sacerdote, cerró el curso «Arte de las Misiones» organizado por el Museo Rosa Galisteo.
El curso había comenzado el 1 de octubre con una conferencia del doctor Bernardo Alemán sobre la historia de las misiones. La actividad se desarrolló en el marco de una muestra de arte misionero inaugurada en septiembre de 1977, integrada por 400 piezas entre tallas, pinturas, objetos de culto, altares, ornamentos, platería, escaños, portales de sacristía y cofres. Los objetos pertenecían al Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, la Compañía de Jesús, los museos históricos Dr. Julio Marc y Estanislao López, congregaciones de padres franciscanos y dominicos, la Catedral Metropolitana de Santa Fe, la iglesia de San José del Rincón y coleccionistas privados.
El 17 de septiembre de 1977, El Litoral publicó que el conjunto de obras tendía a reflejar «parte del esplendor y el relieve que acompañaron durante más de dos siglos al arte de las misiones en el continente americano, que abarcó todas las expresiones, desde la arquitectura hasta la imaginería, contando con la participación de manos indígenas en el proceso de transculturación».
En la inauguración, el entonces subsecretario de Cultura de la Provincia, Héctor Luiz de Galarreta, afirmó, según la edición de El Litoral del 22 de septiembre de 1977: «la obra de España en América es una empresa colosal cuya dimensión se agiganta en el tiempo». Y agregó: «No bastan para explicarla afanes de gloria y de riqueza. Si bien son motores de muchas gestas heroicas, no explican por sí solos tanto esfuerzo, arrojo, voluntad humana, coraje». También sostuvo que «el coraje es una virtud que resulta de la confianza en sí mismo, lo que, a su vez, es una forma de la confianza en Dios, consecuencia necesaria de la segunda de las virtudes teologales».
Bergoglio, por entonces de 40 años, habló ante una nutrida concurrencia sobre la «Presencia de la Compañía de Jesús en las Misiones». Estuvieron presentes el intendente, el subsecretario de Cultura y el rector de la UNL. El Litoral publicó una crónica el martes 18 de octubre de 1977.
En la introducción, el conferenciante dijo que el fragmento de historia que cubren los jesuitas en el territorio argentino, por estar inserto en el Misterio de Cristo Muerto y Resucitado, «no es un mero episodio más, sino antes bien, un capítulo de ese libro apasionante que Dios va escribiendo con nuestros trazos humanos». Añadió que «tal historia es transparente y se la puede mirar en las construcciones misioneras de San Ignacio Miní, en la austera reciedumbre de esas fortalezas de piedad que son sus templos, en las filigranas del Nombre de Jesús estampadas en todas sus obras».
Habló de la teología identitaria que inspiró la labor de catequesis de los misioneros jesuitas, de la fidelidad a la Iglesia jerárquica que estructura tal labor y de la solicitud pastoral de aquellos, «que los lleva a estudiar las lenguas nativas según lo urgido por el III Concilio de Lima de 1582».
Más adelante, Bergoglio puso de relieve el «valor de símbolo» que para nosotros tiene esa historia, que vigoriza nuestro presente y le abre rutas futuras. Dentro de ese cuadro señaló la fundación de la reducción de San Francisco Javier, entre los mocovíes. Y destacó a dos figuras, los padres Burgés y Paucke, que escribieron sobre lo hecho y vivido.
Citó textos de dichos jesuitas, y cómo se les ofrecía a los indios la oportunidad de vivir aquello que «los hacía justos», una manera de relacionarse con Dios y con la comunidad, de estar en la naturaleza, que tenía incidencias «económicas», pero que no se agotaba allí. Además, expuso los pilares: consolidar el sentido de la unidad y el sentido de familia y ahondar en la experiencia del trabajo.
Señaló, por otra parte, que esta historia misionera podría también resumirse diciendo que es la historia de la presencia de Dios y habló de una gracia muy particular que vivió Santa Fe, el sudor milagroso de Nuestra Señora, la Purísima y Limpia Concepción en el óleo que el jesuita Luis Berger había pintado poco tiempo atrás.
«Gracia de predilección que experimentó la Compañía de Jesús, que luego conocería la dura prueba de la expulsión, pero que cuando promediaba la primera mitad del siglo XIX volverá a nuestras tierras y de ahí en adelante historia y presencia de la Compañía son una realidad indisoluble», cerró.
En paralelo a la muestra de Arte de las Misiones, el Rosa impulsó desde septiembre de 1977 una muestra retrospectiva dedicada al rosarino Leónidas Gambartes. Las dos exposiciones obtuvieron tal repercusión entre el público santafesino que las autoridades del museo decidieron prolongar la posibilidad de visitarlas.
Fue la tercera vez (las dos primeras habían sido en 1958 y 1967) que el Rosa ofreció en sus salas una exposición del artista, fallecido en marzo de 1963. La misma estuvo compuesta por 54 obras seleccionadas entre las más importantes registradas en colecciones privadas y en los museos de arte de la provincia.
El sábado 24 de septiembre de 1977, El Litoral publicó una reseña de Jorge Taverna Irigoyen en la cual se refiere a Gambartes como «un pintor de labor reposada y paciente, lejano de ciertas falsas ‘prolificidades'».
«Pero su gesto en sí y las formas que supo dar cuerpo en sus cromos al yeso, dan cuenta no sólo de su valor y de su casi ‘singularidad’ dentro del panorama de la plástica nacional, sino también del definido acto de entrega con que llegó a caracterizar aspectos del más hondo americanismo», escribió.
«El conjunto tiene un acorde total que conmueve, deslumbra e inquieta a la vez. Como en toda oportunidad que el contemplador se enfrenta a una obra que lo compromete, que lo ‘sacude’, que no le da concesiones fáciles. En esta exposición, una vez más y como debía suceder, Gambartes aparece como un artista que corroe, pincel en mano, las entrañas de la tierra», indicó.
«Como un geólogo con la sabiduría de un antropólogo, con los gestos de un hechicero y, tal vez, con la poderosa fuerza de sus propios ancestros, atrapa en sus lienzos y cartones una realidad mágica. Así, mineralmente, las cales entran en sus obras a conjugarse con los ocres, los rojos, los azules, los nimbados verdes de sus minúsculas pinceladas», dice luego.
«Crea un clima de hombre y tierra, de mitos y agorerías, de civilizaciones aparentemente acalladas. En tal proporción de mensaje, su pintura levanta la columna vertebral de una América propia. Y entiéndase bien: no una América inventada, claro está, sino la América tal cual la vivió y la sintió él mismo en su más recoleta y casi mística profundidad del ser», cierra.
