Una especialista analiza las herramientas disponibles para prevenir una escalada de violencia fatal en la provincia de Santa Fe, donde se registraron tres casos en pocos días.
El 16 de abril, la joven Sophia Civarelli fue asesinada por su novio, de 22 años, quien luego se arrojó desde la terraza de un edificio en Rosario. A las 48 horas, un hombre de 61 años se presentó en el trabajo de su ex pareja en la localidad de Murphy y la atacó con una escopeta: la mujer sobrevivió, el agresor se quitó la vida. Dos semanas antes, la científica santafesina Silvina Drago, de 56 años, recibió ocho balazos dentro de su casa; su concubino le disparó y luego se suicidó.
Los victimarios de estos hechos, ocurridos con pocos días de diferencia en la provincia, no tenían contacto entre sí pero actuaron según un mismo patrón de violencia machista extrema hacia las parejas o exparejas. La psicóloga y docente universitaria Marta Fernández Boccardo analizó el fenómeno y las medidas de prevención.
“La violencia simbólica de género (palabras, gestos, calificaciones) va construyendo en una relación una dominación y asimetría. En este momento las masculinidades violentas están fomentadas. Los propios gobernantes ejercen violencia a través de sus discursos, se desmantelaron organismos de protección, están los incel o célibes involuntarios”, contextualiza la experta rosarina, y advierte: “En algún momento se puede pasar de los discursos de odio al acto. El femicidio es la punta del iceberg”.
El fenómeno “no tiene una sola explicación, es complejo. Hay factores económicos, sociales, familiares”, continúa. “Estos vínculos violentos se están dando en noviazgos de chicas jóvenes, que uno pensaría no van a someterse como mujeres de otras generaciones. Se supone que avanzamos en lo laboral, pero en lo afectivo-amoroso no hubo cambios del todo”.
Fernández Boccardo puntualiza: “La avanzada machista es indudable. Eso no significa que todos los varones sean violentos. Hay un estereotipo de masculinidad que piensa que la mujer le pertenece. No siempre se detecta: a lo mejor el más amable puede ser un violento. No solo los psicópatas matan, sino también los hijos sanos del patriarcado. Esta posesividad no habla de fortaleza, sino de vulnerabilidad”.
“El primer indicio es el control, los celos. El celoso le hace sentir a la mujer que es importante para él y, por otro lado, trata de disminuirle la autoestima, anularla, separarla de amigas y familia. Para estos casos es vital tener una red, poder conversar sobre lo que está pasando. A veces la mujer lo cuenta como algo gracioso y las amigas le señalan que allí hay violencia. Luego el varón la culpa, se justifica diciendo ‘mirá cómo me ponés’”, describe la psicóloga.
Investigadora y autora de libros como “Mujeres que callan” y “Mujeres en la mira”, Fernández Boccardo plantea que una vez identificado el estereotipo, “la mujer debe buscar protección en su círculo de amistad y familia, nunca estar sola ni hacer la denuncia sola. Pedir ayuda a la gente más cercana”.
Otra pauta importante es “conocer y estar atentas a todas las violencias (dentro del vínculo) para ver cómo se llega a la violencia física: violencia económica, epistémica (no reconocer el pensamiento y saberes de la otra persona), daño a hijos, familiares, mascotas, objetos (violencia vicaria)”. Frente a estas modalidades, “cuidarse entre las mujeres es la mejor receta; no dejar nunca a las amigas como pretende el violento, que critica todo e intenta anular el entorno. Una característica de los violentos es la soledad: no tienen muchas amistades y por sus carencias se aferran tanto a la pareja”.
¿Qué pueden hacer los allegados si sospechan de un vínculo “tóxico”? Sugerir a la mujer que consulte a un psicólogo, aunque el acceso a servicios públicos de asistencia está restringido por desfinanciamiento o eliminación de áreas de prevención.
